Hay palabras que no se quieren oír, otras que nadie dice de la forma deseada, incluso es posible que existan palabras que perdieron su sonido cuando dejó de tener sentido quien las pronunciaba.

El dolor es sordo y la ignorancia también, son ese escudo anti-palabras que rebota cada sonido que nos hiere. Aunque la razón grite sobre nuestro autoengaño sólo oímos el silencio de nuestros abismos, y amarrados a la soga del ego permanecemos a salvo de la caída libre.

Porque, ¿quién quiere caer en sus propios agujeros? Seguramente humillados desde el fondo de uno de ellos no seríamos capaces de soportar esta estúpida vida.

Es importante qué sonido tiene quien nos habla. Todos tenemos nuestra oportunidad para hablar y ser escuchados, el resto de los instantes posteriores es el sobrante de lo que no supimos decir con la suficiente claridad o sutileza, con lo cual el mensaje se convierte en un triste discurso afónico para quien lo recibe.

Mezclando nuestro silencio con el de los demás podemos oír los golpes del Tiempo, que es el único que nos esculpe día a día, rasgo a rasgo, otorgándonos el privilegio de ver nuestro verdadero rostro sin opción de culpabilidad arrojadiza.

Como en la música, cada canción tiene su momento, y la verdad también tiene el suyo.

(A quien se empapa de razón y al que se vuelve impermeable a ella)

Salvia Deserta