Arremolina el aire en el acantilado con perfume a otra tierra, abajo se enfrentan dos mares embravecidos que sirven de escenario a gaviotas danzantes. Mientras, cae la sangre desde mi pecho de roca en roca, como recuerdos que saltan al presente.

Estoy sentada sobre el fin del mundo en un atardecer indeleble al tiempo, herida por el temblor de un corazón mesetario. Y contemplo las luces del mar en su baile inacabable, paseo la mirada sobre él y me adormece su canción llena de nostalgia que me roza la conciencia. Entretanto, el horizonte sesga el sol recordándole que siempre estará ahí, esperándole para calmar su fuego, amándole a la espera del siguiente crepúsculo.

Salvia Deserta, sueña.