Elogio a la mediocridad
Una extraña aberración semántica, ha convertido en estigma lo que debió ser cualidad. Al conferir un significado peyorativo a la palabra mediocre, se ha criminalizado a lo corriente, transformado una categoría sociológica en epitafio.
La culpa puede ser de José Ingenieros, preceptor de generaciones que en su obra más importante, "El Hombre Mediocre", elaboró un perfil del espécimen al que retrató como un ser condicionado, débil de carácter, culturalmente vacío, incapaz de vivir las emociones fuertes ni experimentar sensaciones extremas de placer o ira. Para Ingenieros, el mediocre es el individuo carente de ideales y ambiciones que al sumarse en otros de su misma condición forma la masa de mentalidad general, repudiada por Ortega y Gasset.
Para Gertrudis Gómez de Avellaneda, es mediocre la vida burguesa y Carpentier utiliza el adjetivo como sinónimo de la uniformidad ruinosa y degradada, mientras que Curzio Malaparte la identifica con lo falso. Bogando contracorriente, Balzac la reivindica elevando a imprescindibles a ladinos, cortesanos y usureros y Nietzsche puso en boca de Zaratustra la idea de que los "hombres superiores" son imprescindibles para anular la mediocridad occidental.
El mediocre es una especie de residuo que no llega de detritus, un ser ignorado por la filosofía y la metafísica, algo de lo que no quieren oír hablar los audaces ni los que buscan prosélitos para integrar vanguardias políticas o culturales.
Es mediocre el delantero que pretende brillar sin anotar goles; los reaccionarios que comparten con los dogmáticos una falta de imaginación congénita y una total ausencia de originalidad; en gastronomía las comidas insípidas, los lugares por los que se pasa y luego no se recuerdan. Mediocres son también los amores tarifados en los que se llega al sexo sin pasar por el beso. La mediocridad no es la vara para medir el talento sino su resultado, no es un espejo sino la imagen reflejada. Mediocre es el adjetivo que más temen los intelectuales.
Tan ambiguo suele ser el término que también se utiliza como fórmula de consuelo para no llamar malas la cosas ni inútiles a las personas.
No obstante los mediocres tienen cualidades. Van al seguro y jamás se aventuran, adoran al poder que los desprecia y aunque elogian en demasía, nunca lo hacen gratuitamente, cuando critican muerden y al disparar tiran a matar.
Los mediocres forman una espesa capa que cubre todo el espacio entre las personas talentosas y los imbéciles. Definitivamente una categoría aislada en la psicología social, una condición a la que nadie aspira y muchos han de resignarse.
De todos modos un nivel, un palmo por encima de idiotas y jenízaros. Ser mediocre es ser algo.
Ojalá Bush fuera un mediocre.
Como enseñó su padre, único presidente que ganó una guerra y perdió la elección y reveló recientemente su madre que al pretender poner a los pobres en su lugar, enseñó el suyo y ha ratificado su hermano Jeb al implantar la ley del revolver en la Florida. La suya es una familia donde no hay genios, ni talentos y, cosa rara, tampoco mediocres.
Por Jorge Gómez Barata.
Salvia Deserta, la palabra mediocre suele definir a quien la usa con ligereza para definir a sus congéneres.

F.C. dijo
Clase media?, conformidad?, burguesía?, masas?.
Un elogio irónico.
La mediocridad es una estanque viejo, sucio y exclusivo en el jardín de la educación.
Podemos ser conformes si entendemos esto como un cesar de desear, un rechazo de ilusiones vanas y atesorar lo que se tiene más que lo se quiere.
La mediocridad es el extremo de esa conformidad -que vendría a ser una clase de tranquilidad- es sumirse en la inacción sin causar efecto sobre lo que se recibe.
Salu2
Fata viam envianent
25 Febrero 2008 | 02:38 PM